Apicultura
La función del apicultor es la de cooperar con las abejas para que produzcan suficiente miel para si mismas y crear un excedente. Las abejas son silvestres no son animales domésticos, no se pueden dirigir, sino que se tiene que favorecer sus condiciones naturales.
Los apicultores acompañan el ciclo de la colmena y están pendientes de las necesidades de las abejas: añaden cajas de madera para que las abejas elaboren las celdas y produzcan miel; sanean la colmena para evitar enfermedades y procuran que su ubicación se encuentre siempre en zonas con flores, dependiendo de la miel que se quiera obtener. Por eso, tienen que ir moviéndose de un lugar a otro como un pastor con sus ovejas en busca de alimento.
Pese a la baja rentabilidad y a las duras condiciones de trabajo debido a que el trasladado de las colmenas (con un peso entre 50 kg ó 60 kg) se realiza de noche, por accesos difíciles y haciendo frente a cualquier inclemencia del tiempo (lluvia, viento, etc.), los apicultores aseguran que estar en contacto con la naturaleza es más que gratificante. Es la mejor forma de conocer las pistas forestales de la isla, los barrancos, la flora de cada lugar, los climas, los suelos, las precipitaciones y las tierras. Sin olvidar que se trata de una apicultura artesanal, donde se produce menos, pero de más calidad.
Se considera que un apicultor es profesional si presenta por encima de las 150 colmenas, una cantidad insignificante si la comparamos con las 1.000 ó 1.500 que puede tener un apicultor americano. La producción anual se encuentra entre 20-25 kg por colmena, cantidad que se puede aumentar o rebajar incluso a la mitad dependiendo si el año es bueno o malo, climatológicamente hablando.
La flora endémica de Canarias junto con la escarpada orografía constituyen factores para que las abejas elaboren mieles singulares, únicas en el mundo, como la de Tajinaste, Retama del Teide, Brezal, Castaño, Aguacate, Barrilla o Relinchon entre otras. La producción de mieles monoflorales, exige unos porcentajes mínimos de polen, además de la aprobación de un comité de cata. Por ejemplo, la miel de hinojo tiene que tener el color y el sabor de esta planta para que sea considerada monofloral. Hay todavía muchas mieles por descubrir.
Las abejas son seres inteligentes. No tienen significado como individuos aislados, sino que están organizadas en una comunidad, capaz de sobrevivir y progresar gracias a su forma de trabajo en equipo.
El mayor tesoro que posee la apicultura de las Islas Canarias es una raza, La Abeja Negra Canaria, escindida hace unos 200 mil años de un brazo comun que la emparenta con las abejas africanas y que ha desarrollado unas características genéticas que la hacen única.
Esta raza de abeja ha logrado un nivel de adaptación al medio excelente y, por lo tanto, ofrece altos grados de productividad y de mansadumbre, elementos ambos muy valiosos, ya que las producciones de miel son el sustento del apicultor y la ausencia de agresividad es un aspecto esencial en un territorio como Canarias, donde resulta muy complicado habilitar explotaciones alejadas de los núcleos de población. La Abeja Negra Canaria está presente en todas las islas (menos Fuerteventura y Lanzarote), aunque la progresiva importación de otras razas foráneas ha ocasionado un grado de hibridación que varía en cada territorio.
El mito de que las abejas son peligrosas porque atacan y pican es muchas veces por desconocimiento. El instinto de las abejas es picar a quien se acerque a su área de trabajo, es decir, la colmena, mientras están realizando su actividad. Se defienden porque lo que les importa es proteger la colonia y todo lo que esté en sus proximidades lo perciben como un riesgo potencial.
Parte de ese desconocimiento se debe a la falta de conexión que existe entre el campo y la ciudad. La gente de la ciudad muestra un mayor temor y recelo hacia las abejas que la gente del campo porque viven más alejados de la vida rural y desconocen el comportamiento de las especies. Un mayor acercamiento entre estos dos estilos de vida implicaría un mayor consumo de los productos locales de la tierra, fortalecería nuestra economía, abarataría costes ambientales y contribuiría al sostenimiento de la actividad rural.
La comercialización de las mieles locales no tiene cabida en los supermercados o grandes superficies, ya que éstos prefieren decantarse por marcas blancas o marcas líder de mieles producidas en China o Argentina a gran escala, que le aportan más beneficios económicos. A los productores locales se les niega así cualquier posibilidad de apertura dentro del mercado de la alimentación y se relega a que sus productos sólo tengan salida en los mercadillos del agricultor, fruterías o tiendas de exquisiteces. Circunstancia que, de alguna manera, resulta menos perjudicial para la calidad de las mieles locales al no aplicársele los descuentos que realizan los grandes centros de venta.
Los apicultores canarios apuestan por una mayor promoción de sus mieles, de calidad superior y con el valor añadido de que la miel está envasada y etiquetada. Aspecto que podría utilizarse de cara al turismo teniendo como referencia que los alemanes son grandes consumidores de este producto y que, lo único que se puede comer del Parque Nacional del Teide es la miel. Las mieles importadas debido a los procesos de pasteurización pierden buena parte de sus propiedades y sólo sirven como edulcorante, lo que da como resultado un producto que no tiene identidad, ni variación, algo que no ocurre con las mieles locales. El éxito de la promoción es que el consumidor reconozca el producto y lo valore. Entonces es cuando se logra la fidelización del consumidor al producto .
Miel, Jalea Real, Polen y Propóleo son productos que se generan en la colmena y que presentan muchas propiedades terapéuticas, muy apreciadas en el uso medicinal, incluso los aguijones de las abejas se aprovechan y se emplean en medicinas alternativas por sus propiedades terapéuticas.








